El huevo bastardo: el nacionalismo y la izquierda

nacda1Martín Alonso. (Galde 06, primavera/2014). La Tercera Vía pretendió obviar las diferencias entre izquierda y derecha ensamblando socialismo democrático y liberalismo. Sabemos que el experimento descarriló y la socialdemocracia con él. Sabemos dónde andan hoy los Blair, Schröder y compañía, y sabemos cómo estamos y cómo está el Estado de bienestar. El desastre no es una excepción: ocurre siempre que una organización quiere combatir en un espacio conceptual –un marco, en términos técnicos– deudor de principios y valores ajenos. Si pensamos en un elefante, para decirlo con G. Lakoff, no podemos defender un programa progresista. Traslademos la plantilla. En su primer viaje a Sebastopol V. Putin ha pedido “el restablecimiento de la justicia histórica y el derecho a la autodeterminación”. Un año antes de la caída del Muro Milosevic declaraba al semanario Nin: “El nacionalismo es un huevo bastardo que se ha colocado en el nido de la clase obrera”. Del enemigo el consejo: Milosevic destruyó Yugoslavia y el socialismo en nombre de la Yugoslavia socialista y lo hizo asumiendo el programa étnico de la Gran Serbia, vehiculado por las brumas míticas de un relato de Kosovo regurgitado en un sexto centenario que reconocemos en la épica del Tricentenari y las cenizas del Born.

La vía neoliberal del dinero y del Consenso de Washington destruyó a la socialdemocracia y algo más que a ella; la confusión entre emancipación e identidad sigue haciendo estragos en la izquierda. La nación es el ídolo moderno de la identidad política, como antes lo fueron la religión o la raza. Es una creencia supersticiosa como lo es la mercatolatría neoliberal. Es verdad que históricamente la emancipación ha podido cabalgar a lomos de la nación y que cabe distinguir modalidades del nacionalismo, digamos la cívica o constitucional y la étnica o excluyente. Pero se trata de una división escolástica: cuando la crisis ha dejado sentir sus efectos el liberalismo moderado ha sido englutido por el neoliberalismo depredador; cuando se calienta el ecosistema político, el nacionalismo étnico devora al cívico, como bien han señalado Connor y Hardin entre muchos otros (no viene mal tampoco una vuelta por Neither right nor left, de Zeev Sternhell o la recopilación The fall of communism and the rise of nationalism, de donde procede la cita inicial de Maryniak). El fervor transversalista del catalanismo nos hace recordar las proclamas de l’Union Sacrée que desangraron Europa hace un siglo. Pensando en el papel desencadenante que jugó el secesionismo serbio nos recuerda A. Buchanan –autor de Secession: The morality of political divorce–, en un volumen colectivo titulado The morality of nationalism, que los “movimientos secesionistas tienden a producir más violencia que la que pueden consumir en su propio espacio interno”. Podemos sustituir violencia por perjuicios para generalizar.

Me he referido antes a la cuestión del marco. La movilización colectiva requiere identificar el ‘nosotros’ de referencia. El nosotros de la emancipación se inscribe, utilizando el esquema topológico de Dahrendorf, en la vertical de la estratificación y busca la igualdad; el de la identidad en el horizontal de la etnia y busca la homogeneidad en la afirmación de los hechos diferenciales, del Sonderweg, de lo propio, un determinante del tronco semántico de la propiedad y de la exclusión. Seguramente una de las razones para el desvarío de la izquierda tiene que ver con la polisemia del término pueblo, que designa tanto a la mayoría (frente a la élite), como a la etnia; el pueblo trabajador en el primer caso, el pueblo elegido (oprimido, agraviado, no reconocido), en el segundo. Milosevic jugó en este cambio de agujas; como el nacionalismo radical vasco desde hace tiempo y una parte de la izquierda catalana canónica y alternativa hoy, con expresiones como “el inmigrantado se nos va echar encima” en frase de un destacado prohombre de la autodenominada izquierda abertzale durante la tensa espera en el secuestro de Miguel Ángel Blanco.

La nación

Los argumentos que invocan las políticas de querencia identitaria se inscriben en dos registros principales, el de la nación y el de la democracia, que caminaron juntos en los primeros compases del nacionalismo pero mantienen una relación complicada desde hace un siglo. El primero establece que la nación es la unidad de lealtad colectiva que regula la cohesión social; el principio de autodeterminación y esa versión autóctona del ‘derecho a decidir’ son ectoplasmas de este argumento que residencia la legitimidad en la pertenencia nacional. No es fácil afrontar la cuestión del nacionalismo en unas pocas líneas pero en las coordenadas espaciotemporales desde las que escribo me parece justificada la aprensión para asumir esta gramática desde premisas emancipatorias. (Por si acaso, remito a los análisis que llevan haciendo desde hace tiempo Javier Villanueva o Eugenio del Río, desde la izquierda. Para una visión más académica el siempre lúcido Fred Halliday en las veinte páginas dedicadas a “The perils of community: reason and unreason in nationalist ideology”, en Nations and Nationalism, abril 2000: 153-172). De todas maneras la formulación de Jonathan Glover (en The morality of nationalism) me parece resumir lo sustancial: las naciones deben ser tratadas como medios no como fines. Este principio vale para cualesquiera de las categorías de adscripción identitaria. La perversión del socialismo real descansó en la hipostatización idealista del proletariado (la clase) que cuajó en el Gulag, vía lo que Orwell caracterizó como neolengua y la revisión del marxismo como socialismo en un solo país.

La democracia como regla de la mayoría

La izquierda prefiere el segundo argumento, el democrático, asimilado  en ocasiones a la dimensión cuantitativa. Pero la mayoría no es un criterio absoluto. El principio democrático debe verse avalado por el respeto a la ley, por un criterio cualitativo. Hay un par de cuestiones anexas que se refieren a cuánto de mayoritarias son las supuestas mayorías y qué medios se han desplegado para configurarlas. Escuchemos a Pierre Vilar en Pensar históricamente: “Cuando decimos ‘pueblo’ estamos, de hecho, sugiriendo una simpatía por la gran mayoría. Pero ¿cómo y cuándo puede expresarse la gran mayoría? ¿A través de las mayorías electorales? Sabemos que cambian y que son capaces de elegir a un Hitler. Por ello me inquieta la expresión ‘el derecho del pueblo a disponer de sí mismo’, a la autodeterminación: ¿bajo qué forma y dentro de qué límites un pueblo puede ser consultado?”. (Vilar sucumbió en ocasiones al canto de las sirenas olvidando advertencias como las de Notas sobre el nacionalismo del autor de Homenaje a Cataluña). El rizo del rizo de este argumento consiste en atribuir sin más especificaciones a la mayoría legitimidad normativa, como cuando los corruptos o los exterroristas elegidos por los votos populares se declaran absueltos de sus delitos. Jonan Fernández, el cerebro del ‘tercer espacio’ y hoy responsable de la Secretaría General para la Paz y la Convivencia tituló uno de sus primeros escritos (1997), “La ética del poder normativo de los hechos”, antes de patentar, como asesor del soberanista Ibarretxe, el derecho social a la consulta. La absolutización del criterio de las mayorías se desentiende de las cuestiones de valor y así vemos que desde quienes invocan una trayectoria antifranquista se aplaude al Mas soberanista (y responsable de una muy activa política de recortes sociales) y se critica (algunos) a Raimon por falta de devoción independentista. No es una cuestión baladí y como señala Giovanni Sartori (voz ‘Democrazia’, de la Enciclopedia delle scienze sociali) “para todo el Medioevo y el Renacimiento la maior pars debía mantenerse unida siempre a la melior pars, a la parte mejor”. Sólo este criterio modulador impide procesos como la apoteosis democrática de un dictador y la sanción plebiscitaria de decisiones como la pena de muerte o la expulsión de inmigrantes. Está por último un problema práctico, el de la unidad de referencia para la determinación de la mayoría, un problema que si no se balancea opera como una espada de Damocles sobre cualquier cuerpo político.

Prescriptividad del marco identitario

Hay un tercer registro, más difuso, que trata de encuadernar la lucha por los derechos sociales en tapas identitarias. Tenemos un buen (o mal) ejemplo en “Sobre el derecho a decidir” –un texto de Jordi Borja, presidente del Observatorio DESC (Derechos económicos, sociales y culturales) de Barcelona y exmiembro del Comité Central del PSUC y del PCE–, presentado en un acto de la Fundación Nous Horizons y publicado luego en Viento Sur (9 de mayo) y en Sin Permiso (que luego lo eliminó). El texto de Borja permite atisbar dos sesgos: el escoramiento hacia la ontología idealista y el recurso a la historia. (Muchos historiadores, entre ellos algunos historiadores exizquierdistas, y algunos excomunistas están jugando un papel no desdeñable en los avatares del ‘proceso’ (variante catalanista del ‘conflicto’). Esta querencia por el ‘futuro pasado’, según el rótulo de Koselleck, expresa un rasgo definitorio de los males del presente que señala Enzo Traverso en L’histoire comme champ de bataille: el eclipse de las utopías reformadoras y el sucedáneo melancólico de la vuelta a las brumas de un pasado retroproyectado.

La asunción del marco identitario por la izquierda es un ejercicio de sadomasoquismo. Es autodestructivo por cuanto supone contender en un terreno adverso. Como señalaron los formalistas rusos y confirma la psicología cognitiva el marco impone su propia jurisdicción. (Pruébese a localizar la palabra fraternidad o solidaridad en esta gramática). Algunas de las piezas de este marco bastardo y adverso son: 1/ esencialismo; 2/ organicismo; 3/ primordialismo; 4/ ontología idealista asentada en una historia mitificada que trastoca la agenda postergando las cuestiones sociales –véase cómo las luchas ciudadanas han sido abducidas por la marea báltica en Cataluña y cómo vienen siéndolo en el País Vasco por teratomorfos como los sindicatos soberanistas o el pacifismo étnico–; 5/ asunción de la superstición del destino robado como útil para convertir un supuesto revés histórico –1389 para Serbia, 1714 para el catalanismo, etc.– en fundamento de derecho; y 6/ obsturación epistemológica que da cuenta de la incapacidad de aceptar ciertos hechos fehacientes, como apunta Orwell. Por limitarme al balance, véase qué ha sido del laborismo israelí enredado en el galimatías del Gran Israel, de la izquierda exyugoslava, de la IU de Madrazo incorporada (como el Elkarri del ‘tercer espacio’) al bloque de Lizarra, o la sangría interminable del PSC; por no hablar del pacifismo de entreguerras. No todo lo posible es deseable –ni conveniente–. En nuestras coordenadas geopolíticas la izquierda tiene tanto que ganar en el tablero de la identidad como la socialdemocracia en el del fundamentalismo del mercado. Pero más allá de consideraciones pragmáticas la movilización sobre criterios identitarios equivale a jugar con fuego, a oficiar de aprendiz de brujo. Y puesto que tanto se acude a la legitimación histórica, convendría tener en cuenta que el Estado-nación no es una invariante de la historia europea, ni por el principio ni, presumiblemente, por el final. Ciertamente, hay formulaciones en estas páginas que necesitarían una argumentación más extensa para ser dotadas de mayor rigor.

Lo admirable es que siempre se puede justificar todo. Edgar Morin.

Lo que permanece invariable en el nacionalista es su propio estado mental: el objeto de sus sentimientos es intercambiable y puede ser imaginarioOrwell.

‘Identidad’ es una palabra peligrosa. Ninguno de sus usos contemporáneos es respetableTony Judt.

Como señalara Henri Bergson refiriéndose a la práctica religiosa, el espectáculo del nacionalismo supone con harta frecuencia un enigma y una humillación para la inteligencia humana. Irena Maryniak.

Categorized | Dossier, Política

Txema García
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Sebastião Salgado
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"El instante decisivo" Iñaki Andrés
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"Homenage a Marcel Proust" Marisa Gutierrez Cabriada
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"Mujeres del Karakorum", Mikel Alonso
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“JAZZ for TWO”, José Horna
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Fotografía de José Horna
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